martes, febrero 20, 2007

Francisco Izquierdo: Querendón de su tierra y su pueblo...

Era una persona querendona de su pueblo y muy regionalista, amante de sus costumbres, de su comida, de sus tradiciones. De él se cuenta esta anécdota:
Caminando un día por Lima antigua divisó desde la calle y en una tienda de viejo un mapa inmenso del Perú. Al verlo tuvo la corazonada y le entró la curiosidad de ver si en él figuraba por si acaso el nombre de su pueblo, que nunca aparecía en ningún otro documento, por lo humilde de su comarca.

¡Grata sorpresa fue la suya! Figuraba el nombre de Saposoa, que significa, "lugar de sapos", estampado en letras mayúsculas aunque pequeñas, hecho que juzgó extraordinario.
Le brotaron las lágrimas. Al ver esa emoción el tendero le cobró una fortuna. No le importó. Pagó sin rebajar siquiera. Pidió que lo enrollaran y lo llevó directamente a su oficina, en la Casa de la Cultura situada cerca de la Iglesia de San Francisco. Consiguió clavos, martillo, prestó una escalera y él mismo colocó el inmenso y destartalado mapa detrás de su escritorio.
Para señalar dónde se ubicaba Saposoa, en la provincia de Moyobamba, del departamento de San Martín, situado en el extremo superior del Perú, consiguió una caña o carrizo que ocupaba un rincón de la oficina, y que antes de conversar traía siempre para tenerlo a mano.

Como en todo fabulador a cada amigo que llegaba le contaba historias de personajes, animales y plantas y señalaba ya sin voltear la arcadia donde todo eso acontecía.
– "Tal y cómo figura con letras mayúsculas en el mapa del Perú" –era su corolario o la frase de siempre con la cual rubricaba sus relatos.

Dos amigos que trabajaban con él, cuyos nombres reservo por ser ambos  destacados autores literarios, conversaron entre sí de este modo:

–Si borramos el nombre de su pueblo va a tener que sacar este mapa.
–Y botar ese carrizo que da mal aspecto a la oficina.

Una tarde que él salió arrimaron muebles y sillas, uno de ellos subió y con una navaja muy delicadamente raspó las letras donde decía SAPOSOA.

Se desengañaron porque él seguía siempre señalando el sitio automáticamente y sus oyentes no se preocupaban en leerlo desde abajo. Ya impacientes uno de ellos le dijo un día:

–Pero ¿dónde está Saposoa, don Francisco?
– Aquí. ¡No lo ves o eres ciego!
–La verdad que no lo veo.
–¡Aquí está, donde el mapa consigna!
–Yo no lo veo.
–Yo tampoco, dijo el de más allá.
–Tienen que medirse la vista o cambiar de lentes.
–¡Señáleme pues! A ver, ¿dónde está?

Y por más que buscó ya no figuraba Saposoa.

–¡Ah, zamarros! ¡Jijunas! –despotricó– ¡Me han borrado el nombre de mi pueblo en el mapa! ¡Desgraciados! –Y cogió una tabla persiguiéndolos.
Tuvieron que desaparecer de la oficina por unos días. Pero él a la mañana siguiente trajo una brocha, tinta y a todo lo ancho del mapa puso el nombre de Saposoa, reafirmando categóricamente con letras furiosas su identidad.

Hasta que un día le tocó ser directora de la institución a Martha Hildebrandt. Al entrar y ver el espectáculo de la oficina con el mapa tremebundo, y aún más con esas letras violentas, gritó:
–¡Qué significa este mamarracho! ¡Descuelguen esta cochinada y arrójenla a la basura! –ordenó a dos guachimanes que obedecieron presurosos dicha orden.

Se cuentan diversos finales de esta anécdota que obedecen al gusto e incluso a la ideología de cada grupo humano y hasta a cada corriente de pensamiento y opinión. Hay quienes dicen que don Pancho montó en cólera y le dijo a doña Martha lo que nadie hasta ahora ha sido capaz de decirle en su vida. Otros refieren que permaneció callado y sumiso y que al día siguiente presentó su renuncia definitiva.
 


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